jueves, 12 de diciembre de 2013

Sui light.


Las luces llenaban toda su visión, luces, luces.
Gotas de mar corrían por su piel, los caminos se desdibujaban en el viento.
Bajo su mirar, una selva de metal y concreto se desenvolvía y funcionaba de la manera más maravillosa jamás antes vista. ¿Un milagro?
El viento frío acariciaba la piel desnuda, jugueteaba con su vestimenta, se colaba por entre las telas y llegaba a su corazón, intentando llenarlo de algo de lo que ya estaba completamente lleno.
Hebras castañas interrumpían de vez en cuando su visión de águila, hebras que corría con extremidades que apenas sentía. ¿Sentir? Se sentía liviano… ¿Realmente estaba allí?
Un paso más, un paso y se sumergiría en las mil acuarelas de colores brillantes y vivaces que desde más abajo espectaban. Allí se sentía libre, aunque sea por un momento y la emoción que solía recorrer sus venas, ahora salía al exterior y se mezclaba con el aire, con el viento, puesto que sus venas se convirtieron en finas ramas de cerezo en flor.
Era dulce, todo era dulce. Todo era hermoso y brillante y a la vez distante y apagado, como un sueño de la niñez.
Otra vez el viento atacó y esta vez acató las órdenes. Quería ser parte de la belleza, quería servir a su propósito único.
Un paso más, dio un paso más y logró que las acuarelas se movieran a velocidad vertiginosa. Admiró todo a su alrededor. ¿Será el último baile?
Una vez más, las luces brillaron y brillaron, luces, luces. Y luego, se apagaron.

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