
Las luces llenaban toda su visión,
luces, luces.
Gotas de mar corrían por su piel,
los caminos se desdibujaban en el viento.
Bajo su mirar, una selva de metal y
concreto se desenvolvía y funcionaba de la manera más maravillosa jamás antes
vista. ¿Un milagro?
El viento frío acariciaba la piel
desnuda, jugueteaba con su vestimenta, se colaba por entre las telas y llegaba
a su corazón, intentando llenarlo de algo de lo que ya estaba completamente
lleno.
Hebras castañas interrumpían de vez
en cuando su visión de águila, hebras que corría con extremidades que apenas
sentía. ¿Sentir? Se sentía liviano… ¿Realmente estaba allí?
Un paso más, un paso y se sumergiría
en las mil acuarelas de colores brillantes y vivaces que desde más abajo
espectaban. Allí se sentía libre, aunque sea por un momento y la emoción que
solía recorrer sus venas, ahora salía al exterior y se mezclaba con el aire,
con el viento, puesto que sus venas se convirtieron en finas ramas de cerezo en
flor.
Era dulce, todo era dulce. Todo era
hermoso y brillante y a la vez distante y apagado, como un sueño de la niñez.
Otra vez el viento atacó y esta vez
acató las órdenes. Quería ser parte de la belleza, quería servir a su propósito
único.
Un paso más, dio un paso más y logró
que las acuarelas se movieran a velocidad vertiginosa. Admiró todo a su
alrededor. ¿Será el último baile?
Una vez más, las luces brillaron y
brillaron, luces, luces. Y luego, se apagaron.