miércoles, 4 de marzo de 2015

Y fue en aquel instante, en aquel retazo de ojo de tormenta que guardaba en mi bolsillo y sacaba a relucir cuando las cosas no iban tan bien, cuando pude ver lo más simple y lo más divino. Así como las yuntas aladas que surcan el cosmos de punta a punta, ese rostro repartía luz y emanaba una calidez que resultaba nueva y llamativa para el corazón. Muchos dicen que los ojos son la ventana al alma... Y si ese par también cuenta como tal, creo que acababa de vislumbrar un pedacito de paraíso, tierra del color más prospero, vital y apasionada, albergue del misterio mismo de la existencia.